PEA, PFS y DFS: cómo se decide si un proyecto de litio es viable
Antes de construir una planta de litio, un proyecto atraviesa tres estudios técnicos que reducen la incertidumbre paso a paso. Entender qué aporta cada uno es clave para leer un proyecto minero.
Por qué un proyecto necesita tres estudios y no uno
Un yacimiento de litio no se convierte en una operación productiva de un día para el otro. Entre el descubrimiento del recurso y la decisión de invertir cientos de millones de dólares en una planta media un proceso de maduración que puede llevar entre cinco y diez años. Ese camino se jalona con estudios de ingeniería y economía cada vez más detallados: la Evaluación Económica Preliminar (PEA), el Estudio de Prefactibilidad (PFS) y el Estudio de Factibilidad Definitivo (DFS).
La lógica es simple: cada etapa exige más trabajo, más perforaciones y más ensayos, y a cambio reduce la incertidumbre sobre los costos, la producción y el retorno. Nadie compromete el capital de construcción sobre una estimación gruesa. El inversor —y el financista— quiere ver cómo el margen de error se estrecha antes de firmar.
PEA: la primera lectura económica del recurso
La Evaluación Económica Preliminar es el estudio más temprano y menos costoso. Su objetivo es responder una pregunta básica: ¿este recurso tiene chances de ser económicamente atractivo? Se apoya en un recurso mineral ya estimado (medido, indicado o inferido) y en supuestos de ingeniería todavía conceptuales. Bajo normas como la NI 43-101 canadiense, la PEA es el único estudio que puede incorporar recursos inferidos en su modelo económico, precisamente porque no pretende ser una base de decisión de inversión.
El nivel de precisión de sus estimaciones de capital y operación suele ubicarse en un rango amplio, del orden de ±35% a ±50%. Por eso arroja indicadores preliminares —valor actual neto, tasa interna de retorno, capital inicial— que sirven para priorizar activos y atraer capital de riesgo, pero que están lejos de ser una promesa firme. Una PEA sólida justifica invertir en la etapa siguiente; nada más, y nada menos.
PFS: la prefactibilidad que separa lo posible de lo probable
El Estudio de Prefactibilidad marca un salto cualitativo. Aquí desaparecen los recursos inferidos del cálculo económico: la base pasa a ser reservas minerales, es decir, la porción del recurso que se demostró explotable con criterios técnicos y económicos. Se evalúan varias alternativas de proceso —por ejemplo, distintas rutas de concentración de salmuera o de extracción directa de litio (DLE)— para elegir la más conveniente antes de comprometerse a un diseño único.
La ingeniería alcanza un grado intermedio y la precisión de las estimaciones de costos se ajusta a un rango del orden de ±20% a ±25%. Un PFF positivo confirma que el proyecto es técnica y económicamente robusto en su concepción general, y habilita las conversaciones serias de financiamiento y permisos ambientales. Es el punto donde muchos proyectos junior buscan un socio estratégico o un comprador (offtaker).
DFS: la factibilidad que respalda la decisión de construir
El Estudio de Factibilidad Definitivo es el documento sobre el cual se toma la Decisión Final de Inversión (FID). Con él, el proyecto ya no explora alternativas: define una única configuración de mina y planta, con ingeniería avanzada, plantas piloto que validan la recuperación del litio, contratos de suministro, cronograma de construcción y un plan de gestión ambiental y social detallado.
La precisión de las estimaciones de capital y costos operativos se estrecha a un rango del orden de ±10% a ±15%, un nivel que los bancos y fondos consideran suficiente para estructurar deuda de proyecto. Un DFS aprobado es, en la práctica, el pasaporte que transforma un yacimiento en una operación financiable y construible.
Qué certeza le aporta cada estudio al inversor
La progresión PEA → PFS → DFS puede leerse como una curva descendente de riesgo y ascendente de costo. La PEA aporta una hipótesis; el PFS, una convicción fundada; el DFS, una base de decisión. Cada transición implica desembolsos crecientes —de cientos de miles a varios millones de dólares— y perforaciones adicionales que refinan el modelo geológico.
Para quien evalúa una oportunidad, saber en qué etapa está un proyecto es tan importante como el tamaño del recurso. Un VAN espectacular en una PEA vale mucho menos que un VAN moderado respaldado por un DFS, porque el primero todavía carga con un margen de error que puede cambiar por completo la ecuación económica.
Cómo se aplica esto en la Puna argentina
Argentina, quinto productor mundial de litio, concentra sus proyectos en las salmueras de la Puna, distribuidas entre Catamarca, Salta y Jujuy. Su ventaja competitiva —costos operativos comparativamente bajos gracias a la evaporación solar y a salmueras de buena ley— se demuestra, justamente, en el paso de la PEA al DFS. Muchos de los proyectos que hoy avanzan hacia la producción han publicado factibilidades que confirman costos operativos ubicados en el cuartil más bajo de la industria.
El marco de incentivos vigente desde 2024, con el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), agrega previsibilidad fiscal y cambiaria que suele incorporarse a los supuestos de los DFS. Para el inversor que analiza la Puna, leer con criterio el estado de madurez de cada activo —y no solo su recurso— es la mejor herramienta para distinguir promesas de proyectos verdaderamente financiables.